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Ministerio de Evangelización ESCOGE
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Milagro en un Trasatlántico
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En la tarde del 20 de junio de 1902, salía majestuosamente del puerto de La
Habana, con rumbo a La Coruña, el transatlántico Alfonso XIII.
Al embocar el canal de Panamá, el horizonte se presentó completamente cerrado
por la densa lluvia, y el buque, bajo la influencia de la corriente del Golfo,
navegó con grandes precauciones. A pesar de todo, al amanecer del día 21, se
observó, con espanto de la tripulación, que el buque varaba; había sido empujado
por la corriente del Golfo hacia el arrecife Molasses, de la costa de La
Florida.
Cuando los ochocientos pasajeros que iban a bordo se dieron cuenta de la
inutilidad de las maniobras ensayadas para ponerlo a flote, cundió entre ellos
un pánico indescriptible, desarrollándose patéticas escenas. Tras varias horas
de terrible angustia sin poder pedir auxilio, pues en aquellas fechas no
funcionaba aún la radiotelegrafía, acertó a pasar cerca del Alfonso XIII, el
vapor noruego Diana, cuyo capitán ofreció dar remolque mediante la entrega de
diez mil pesos. Apretado por la necesidad, aceptó el capitán del Alfonso XIII
tan onerosas condiciones y después de romperse por tres veces consecutivas el
recio calabrote de acero, no se pudo lograr nada, quedando el transatlántico
como antes estaba, empotrado en medio de las rocas; en vista de lo cual, se
largó (el Diana), desentendiéndose del salvamento.
Tras nuevas e inútiles tentativas, mandó el capitán aligerar el cargamento y se
echaron al mar mil quinientos sacos de garbanzos, pero el buque no se movió
siquiera; entretanto, se vio rodeado de numerosas embarcaciones de pequeño porte
tripuladas por los vaqueros, especie de piratas costeños que acechan en todo
naufragio o catástrofe marítima, y a los que hubo que alejar haciendo continuos
disparos.
La situación se agravaba por momentos, porque ya tenía lugar entonces la bajamar;
y en tan grande apuro se tuvo el feliz acuerdo de recurrir al Cielo en demanda
de socorro. Anúnciase la celebración de la Santa Misa, a la que
asistieron con gran devoción todos los de a bordo, y ¡oh prodigio!, en el
solemne momento en que el sacerdote alzaba la Hostia sacrosanta,
el Alfonso XIII empezó a deslizarse suavemente por encima del arrecife, como si
la fuerza invisible de una legión de ángeles lo empujara, y los tripulantes, al
ver flotar ileso en alta mar al hermoso transatlántico, entonaron un hosanna al
Sagrado Corazón de Jesús en el Santísimo Sacramento del altar.
Después de reconocido minuciosamente, cerciorado el capitán de que el casco del
buque no había experimentado el menor desperfecto, prosiguió su viaje, llegando
felizmente al puerto de La Coruña.