
REUNION DE OBISPOS EN
AMERICA
En los pasados meses, el Papa benedicto XVI y los obispos se
reunieron en Brasilia para tratar:
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Discípulos y misioneros de
Jesucristo
Meditación en la Jornada Espiritual de la Primera Jornada en la V
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del
Caribe
Tras el rezo de
Laudes y la celebración de la Santa Misa tuvo lugar una Jornada espiritual para
los participantes en la V Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano y del Caribe . La
Jornada se desarrolló en torno a la Meditación que pronunció el Arzobispo
Estanislao E. Karlic, titulada Discípulos y
misioneros de Jesucristo.
El Evangelio de
Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo termina así: “Los once discípulos
fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se
postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose,
Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el Cielo y en la tierra. Vayan y
hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo
les he mandado. Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,
16-20).
A. Jesús
nos llama a la santidad
Estas palabras del
Señor Resucitado valen hoy para nosotros. El Santuario de la Virgen Aparecida se
convierte en la montaña que Jesús ha indicado para que los discípulos suyos que
peregrinan en América Latina y el Caribe se reúnan para recibir otra vez su
mandato misionero.
Este es un “tiempo
oportuno”, un “kairós” que el Señor ha determinado para una obra de su
gracia para bien de todos nuestros pueblos. Debemos tener conciencia de la
cercanía privilegiada de Dios con nosotros en estos días, y de la magnitud de la
obra para la que El nos convoca: la Evangelización de nuestros
pueblos.
Todo el universo
empieza en Dios. “Al principio Dios creó el cielo y la tierra” (Gn 1,1).
Y todo empieza en su amor. Dios nos ama primero. “En esto consiste el amor: no
en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó... nosotros amemos
porque él nos amó primero” - nos dice San Juan (1Jn 4,10.19). Porque nos
amó, por eso nos eligió y nos congregó. Dios y su amor por nosotros es la
primera verdad de nuestra tierra y la primera verdad de esta Asamblea. Existimos
porque Dios nos amó y nos eligió en
Jesucristo.
Con agradecimiento y
humildad hemos de disponernos a escuchar al Señor que nos llama en todo y
siempre. Nos llama en la creación y en la historia; en la humanidad de Cristo,
en la humanidad de la Iglesia y en la humanidad de todos los hombres; en el
esplendor de la Liturgia y en la sencillez de los hechos cotidianos; en su
Palabra revelada y en las palabras humanas; en el dolor y en la alegría; en la
pobreza y en la riqueza. Nos llama en todo cuanto existe y en todo cuanto
acontece, porque toda criatura es lo que es por razón de una palabra creadora de
Dios y porque todo acontecimiento de la historia le pertenece en el único
designio de su benevolencia. Es Él mismo quien nos llama hoy, en el aquí y ahora
de nuestros pueblos. Lo hace por Jesucristo en su plenitud, su Palabra perfecta
e insuperable. Dice la Epístola a los Hebreos: “Después de haber hablado
antiguamente a nuestros padres por medio de los profetas, en muchas ocasiones y
de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por su Hijo, a
quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo”
(Hb 1, 1-2).
Dios nos revela por
su Hijo el misterio de piedad, su designio de salvación. Dios no tiene otro
proyecto que el de nuestra santidad en Cristo, la santidad de todos, de
individuos y de pueblos. Dios, que es santo, nos llama a ser santos: “Él nos ha
elegido... antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su
presencia, en el amor... para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo”
(Ef 1, 4-5). La santidad es nuestro destino de gracia y de gloria. Para
ello Jesucristo dio su vida.
La cuestión del
hombre y de los pueblos es una cuestión con Dios. Los dos amores que dividen a
los hombres en la historia son el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios y
el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo. Esta elección de amor, que se
debe hacer en la opción fundamental de la existencia, ha de ser sostenida y
confirmada en el ejercicio de la libertad en la vida cotidiana. Cada día el
hombre es interpelado para que elija a Dios que lo llama al servicio y no al
dominio.
Conscientes de
nuestra vocación a la libertad, queremos elegir el amor de Dios y de los
hermanos, también de los enemigos y perseguidores, abandonando el odio y
construyendo la paz. La conversión es realmente un cambio intelectual y moral
hondo, arduo y prolongado, pero posible y debido. Siempre estamos en un combate
espiritual porque: “Todo hombre es Adán. Todo hombre es Cristo” (San Agustín).
Siempre tenemos que luchar desde nuestra naturaleza humana herida por el pecado.
En un clima de esfuerzo y de trabajo, debemos santificamos en estos días, con la
verdad de la humildad y la certeza de la
esperanza.
En el designio de
Dios, Él nos ha amado de tal manera que nos envió a su Hijo para redimirnos con
su entrega en la Cruz (cf. Jn 3,16), y hacernos capaces de su mismo amor.
Recibiendo su ayuda divina y queriendo empezar la Asamblea con un corazón puro,
como en una gran eucaristía, pidamos perdón de nuestros pecados y de los de
nuestros pueblos, porque San Pablo nos enseña que los hombres solemos aprisionar
la verdad en la injusticia (cf. Ro 1,18). Confesemos la impiedad que abre
el camino a las idolatrías del placer, del tener, y del poder, y también al
secularismo; pidamos perdón por la avaricia y la injusticia, que provoca la
crueldad de la miseria y de la iniquidad; por la lujuria que enceguece
multitudes y desordena otras pasiones; por el individualismo egoísta e
insolidario que deshace la familia y disuelve la sociedad; por los crímenes del
aborto, la violencia y la guerra; por la tiranía del relativismo del
conocimiento y de la moral; por los pecados de omisión, silencios y temores
injustificados; por la falta de esperanza; en fin, por todos los pecados, que
siempre contra el amor.
En una cultura donde
tantos hombres se han enamorado de sí mismos porque han creído la mentira del
“serán como dioses” (Gn 3,5), debemos confesar con sabiduría diáfana y
serena que nada vale en la vida si no nos lleva a Dios. “Nos hiciste para Ti, e
inquieto está nuestro corazón, mientras no descanse en
Ti”.
Estamos aquí porque
queremos santificarnos y servir a la santificación de nuestro subcontinente.
¿Tenemos derecho a tan inmenso propósito? ¿Tenemos fuerza para tan grande
combate? Por nuestras solas fuerzas, no. Pero por gracia de Dios, sí. Dios es
amor y con su amor nos hace capaces de amarlo como Él nos ama (cf. DCE 1). Dijo
Jesús a su discípulos: “Éste es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo
los he amado” (Jn 15,12). Ésta es la novedad de su don. Tenemos el deber
y la fuerza para consagrarnos a tan grande servicio. No nos es lícito elegir ser
de menor estatura. Así como el agua debe ser agua y la luz debe ser luz, el
hombre debe vivir la dignidad de su destino, de su altísimo
destino.
Para nuestra historia
santa, como para toda vida de responsabilidad, es necesaria la gracia de Dios y
nuestra colaboración. La gracia de Dios es una ayuda que necesitamos
absolutamente para caminar hacia nuestra santidad. Nadie existe sin recibir de
Dios esta ayuda. Dios ha prometido auxilio a su criatura y Él es bueno y fiel,
con la sobreabundancia de la redención. Esto se verifica en la existencia de
todos los hombres, lo sepan o no lo sepan.
En el acto bueno Dios
dignifica tanto nuestra colaboración que hace que su gracia sea nuestro mérito.
Aquellos que hayan ejercido su libertad en la caridad, según la voluntad de
Dios, escucharán decir al Señor: “Vengan, benditos de mi Padre, a poseer el
Reino que les ha sido preparado desde toda la eternidad. Porque tuve hambre y me
dieron de comer... Lo que hicieron con uno de estos pequeños, conmigo lo
hicieron” (Mt 25,35.40). El encuentro de Dios que obra la salvación en el
hombre es un misterio, que nunca se debe explicar oscureciendo alguno de los
protagonistas, sino subrayando que la mayor presencia de Dios y de su gracia, da
mayor entidad al hombre y a su libertad, porque cuando la historia se hace más
de Dios, se hace más de los hombres. Así debemos entender la libertad de los
hijos de Dios. El combate contra el tentador fue librado primero por el Señor,
que salió victorioso. Ahora el combate es nuestro y tiene en esta asamblea un
momento privilegiado para una gran victoria. ¿Quién nos conducirá? “¿A quién
iremos, Señor, si sólo Tú tienes palabras de vida eterna?” (Jn 6,68).
Venimos a Ti, Jesús. Queremos escuchar tus palabras. Nosotros y nuestros pueblos
queremos ser tus discípulos y tus misioneros. Queremos recibir tu
Espíritu.
B. Discípulos de
Cristo
Es el Señor quien
elige y llama a los discípulos, no por sus cualidades personales, ni siquiera
las morales. Es la gratuidad de su elección la razón de nuestra presencia aquí.
Ser discípulo es un don de Dios, que consiste no sólo en aceptar una doctrina,
sino en adherir a la Persona
de Jesús, e incorporarse por Él a la obediencia
filial al Padre y a la docilidad al Espíritu Santo (cf. Heb 5,8-10),
porque en la revelación, “Dios invisible, movido por el amor, habla a los
hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su
compañía” (Dei Verbum, 2).
La Palabra revelada
por Dios, no es acogida con la fuerza de la evidencia de la luz natural de la
inteligencia sino con la firmeza propia de la fe, de la confianza sobrenatural
en Dios bueno y veraz que nos habla como amigo, abriéndonos la intimidad de su
designio. La Fe es la verdad del misterio divino compartida en el amor: el amor
de quien revela, el Señor, y el amor de quien le cree, el discípulo. La
obediencia de la fe, raíz de la salvación, es un acontecimiento de la nueva
creación. No es resultado de ninguna cultura humana. El Señor quiere continuar
su obra por nosotros. Necesitamos ofrecernos todos los miembros de la Iglesia
como sus signos e instrumentos. Unos para otros, y todos nosotros para todos los
hombres que comparten nuestra historia. Que seamos uno en la fe y en el amor,
para que el mundo crea. Empecemos a dar testimonio en estos
días.
El discípulo cree
porque fue seducido por la Pascua de Jesucristo, por su entrega de amor en la
Cruz. El acto de fe es este encuentro de libertades y de amores, una libertad
seductora por su amor, la de Cristo; otra seducida por ser amada, la del
discípulo. Así se origina el injerto del bautizado en la cepa que es Cristo y su
incorporación a la Iglesia.
La libertad de la fe,
como toda auténtica libertad, debe ser vivida con la dignidad de un hombre que
tiene sed de Dios y lo busca con todo el corazón. Por eso, debe ser sostenida y
defendida frente a todas las tiranías, cualquiera sea su origen y su
forma.
“Fijemos la mirada en
el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús”, nos exhorta la Epístola a
Los Hebreos (12,2). Jesucristo, luz del mundo (Jn 9,5), revela el
designio de salvación por todo lo que hace y lo que dice (cfr. Dei Verbum 2). Hemos de contemplar y escuchar al Señor que, con oportunidad de esta
Asamblea, se nos presenta y nos habla con particular solemnidad. Él es el Hijo
de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre, luz de la vida para América y el
mundo. Queremos aprender de su humanidad escondida en la anunciación a María en
Nazaret, manifestada en Belén, actuando en Galilea, en Samaría y en Judea,
lavando los pies de los apóstoles en el Cenáculo, instituyendo la Eucaristía,
muriendo en el Gólgota y resucitando en el sepulcro. Queremos escuchar las
Bienaventuranzas, el Padrenuestro, las últimas palabras en la Cruz. Queremos
saber siempre más de su tesoro insondable. Porque Él es nuestra identidad. En la
sabiduría de la Iglesia sabemos que “el misterio del hombre sólo se esclarece en
el misterio del Verbo Encarnado” (GS 22).
Hemos de vivir
apasionados por la verdad, por toda verdad, porque en toda verdad está llegando
el misterio de Dios, Padre de las luces, y el Verbo, Jesucristo, que es la
Verdad. El pecado entró en el mundo por la mentira. El diablo es el padre de la
mentira, y así, el padre de los pecados de los hombres. Tener pasión por la
verdad es propio de los hijos de la luz, y manifestación de la sed de la vida.
En cambio, la indiferencia por ella y el relativismo del conocimiento entrañan
la renuncia a la sabiduría, que debe dirigir los pasos del el hombre, ser
inteligente y libre. El hombre está llamado a caminar en la luz de la verdad, a
buscarla siempre como su enamorado y mendigo, aunque en el tiempo nunca la
encuentre en plenitud.
Jesucristo es la
Verdad (Jn 14,6). En Él, Dios Padre nos abre al misterio de Dios Uno y
Trino, y de su designio, y nos explica quiénes somos los hombres y adónde vamos.
Por Cristo aprendemos que somos imagen de Dios, llamados a ser hijos en el Hijo
y amados por Dios por nosotros mismos (cf. GS 24). Entendemos que la familia es
el santuario del amor y de la vida. Sabemos que la comunidad humana está
destinada a la fraternidad, se debe construir cada día y debe durar para
siempre. La razón de pertenencia de cada persona a la familia humana universal
radica en su dignidad de hijo de Dios y hermano de los
hombres.
Conocemos así que el
encuentro de los hombres no se debe regular por las normas del egoísmo, para que
cada uno procure su propio provecho reclamando exclusivamente sus derechos, sino
por la ley del amor para que descubramos en el otro un don de Dios y un
destinatario de nuestro servicio, cuyos derechos debemos defender como si fuesen
propios. En la fe debemos descubrir a Cristo en el rostro de todos,
particularmente de su hermanos más pequeños (cf. Mt 25,31-46).
Además por la fe
sabemos que el universo creado es una casa común, obra de Dios Padre, regalada a
todos los hombres de todos los tiempos, a quienes les entregó como título de
propiedad inajenable y como título de responsabilidad irrenunciable su propia
naturaleza de hombre, imagen de Dios, hijo suyo, hermano de todos los hombres y
junto con ellos, administrador del cosmos. En fin, por la fe sabemos que el
tiempo, por la gracia de Jesucristo, es camino de la eternidad, a la que vamos
acercándonos en cada instante y vamos llegando en cada
muerte.
¡Cuánta sabiduría nos
regala Dios en su Hijo, Camino, Verdad y Vida! Esta sabiduría es plena cuando se
vive la fe, que reclama para su perfección la esperanza y la caridad. Aceptemos
agradecidos el don de ser discípulos y vivamos “haciendo la verdad en el amor”
(Ef 4,14).
El misterio de Jesús
no estrecha el horizonte sino que ilumina el destino de todos los hombres en el
Plan de Dios. Esto es sostener con claridad la última razón de la dignidad y la
igualdad de todos los hombres. La verdadera estatura de todo hombre no es
simplemente la del viejo Adán, sino la del nuevo Adán, la de Jesucristo, el
Hombre Nuevo.
A Él debemos seguir.
Él es el Camino, en su estilo, el de la Cruz: “El que quiera venir detrás de mí,
que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera
salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por el Evangelio,
la salvará” (Mc 8, 34-35).
El discipulado lleva
a estar siempre dispuesto a entregar la vida por el Señor, como los mártires.
Siempre la Iglesia ha tenido mártires y hoy también los tiene. La Iglesia sufre
persecuciones que requieren despojos y humillaciones que constituyen un
verdadero martirio: la burla y la banalización, la indiferencia y el silencio,
la calumnia y el abuso de poder.
Sólo en la verdad de
este espíritu martirial, vivido con sencillez y acción de gracias, sostenidos
por la oración y los sacramentos, podemos sentirnos discípulos plenos de Cristo
y experimentar que nos incorporamos en su obra salvadora. El cristiano es
esencialmente pascual. Así viven los santos. Esto nos pide el Señor cuando nos
llama para ser sus discípulos. “Nadie tiene amor más grande que el que da la
vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando”
(Jn 15,13-14).
Para vivir la vida
nueva de la gracia y empezar el Reino de la Vida que prepara los cielos nuevos y
la tierra nueva, el Señor nos ha dado como alimento del camino la Eucaristía,
sacramento de su amor, de su sacrificio, de su muerte y su resurrección. Es el
Señor hecho pan y hecho vino el que nos da la fuerza para vivir como Él, para
que participemos de su “amor hasta el fin”, para incorporarnos al dinamismo de
su amor oblativo, nos enseñaba Benedicto XVI (Cf. Sacramentum caritatis 11). Un gran pastor de nuestra América, poco antes de morir, me decía: “No
nacemos para morir. Nacemos para entregarnos a Dios”. El que así vive -así vivió
él- tiene en la muerte el último acto de su vida, el último acto de su
amor.
La oración, que
acompañó a Jesús sobre todo en sus momentos culminantes, debería distinguir a
los miembros de la Conferencia para que la cercanía del Señor sea profundamente
experimentada y éstos sean días de tierna intimidad con Él. Los cristianos eran
reconocidos en el mundo pagano como comunidad orante. La Conferencia de
Aparecida debería ser señalada por lo mismo. En la oración encontrará sabiduría
y discernimiento, espíritu de diálogo serio y fraterno, capacidad de
comunicación entre todos, porque Dios se aproxima a todos para reunimos y no
está tejos de nadie sino sólo de aquel que lo
rechaza.
C. Misioneros de
Cristo
A quienes les había
revelado la voluntad del Padre, les transmite la potestad y les impone el deber
de anunciar el Evangelio. “Yo he recibido todo poder... hagan discípulos...
bautizándolos... y enseñándoles...” El amor de Cristo al Padre y a todos los
hombres debe pasar al corazón de los discípulos para comunicar ese amor, que es
la misión del Señor.
Quien ha conocido al
Señor, y su designio de misericordia, experimenta el deber maravilloso de
compartir los dones de la creación y de la gracia, y la esperanza de la gloria.
El discípulo de Cristo ha comprendido que existir es coexistir, o mejor, es
proexistir, es decir, existir para el servicio, para dar, darse, comunicarse. La
vida de la persona humana es esencialmente relacional, sólo es auténtica cuando
se comunica y vive en comunión. La Comunión de Dios trinitario se refleja en
nosotros cuando, por la comunicación con Él y de unos con otros, nos
hacemos Cuerpo de Cristo, Pueblo de Dios, Templo del
Espíritu.
La misión del
discípulo procede del misterio de comunión divino. El discípulo de Cristo es,
como Cristo mismo, servidor de la comunión. Vivir la vida nueva es, para el
discípulo, vivir la comunión con Cristo por la fuerza del Espíritu que lo
conduce a anunciar la redención. Es ofrecerse el discípulo como víctima junto a
Jesús para la conversión y la salvación de los hombres, para su participación en
el Misterio trinitario.
Queremos hacer el don
de Dios a todos los hombres de nuestra tierra. Porque, como dijo nuestro Sumo
Pontífice, “quien no da a Dios, da demasiado poco”. Y si queremos dar a Dios, infinito en
su ser y su verdad, en su bondad y su belleza, ¿cómo no hemos de querer darnos a
nosotros mismos? Y dándonos a nosotros mismos, ¿cómo no hemos de querer
compartir los otros bienes?
Si no compartimos los
bienes creados, materiales y espirituales, trabajándolos juntos y participando
de ellos en solidaridad, no estamos amando a Dios. “El que no practica la
justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano”, dice San Juan
(1 Jn 3,10). Pero también es cierto que si no damos a Dios, aunque demos
otros bienes, no estamos pagando la deuda de amor entre nosotros: nuestra deuda
es Dios. No nos debemos sólo la fraternidad, sólo la justicia social.
Nuestra primera deuda es
Dios.
Todo es deuda real y
todo es deuda con Dios. Somos obreros contratados para esta obra maravillosa.
Dios es quien nos ha llamado. No tengamos miedo. Tengamos confianza en el Señor
que ya ha vencido. Si nos dejamos ganar por Él, si nos dejamos inundar por su
Espíritu, podremos decir ante nuestros deberes, aun los más difíciles, lo que
dijo Jesús en la Ultima Cena: “He deseado ardientemente comer esta Pascua con
ustedes antes de mi pasión” (Lc 22,15). Y al cumplirlos, podremos
recordar siempre a San Pablo que nos alienta: “Como dice la Escritura: ‘Por tu
causa somos entregados continuamente a la muerte y se nos considera como a
ovejas destinadas al matadero’. Pero en todo esto obtenemos una espléndida
victoria, gracias a Aquel que nos amó” (Rom 8,
36-37).
Creamos: la redención
actúa hoy. La Pascua de Cristo está en la eternidad dominando los siglos,
brindándose con la plenitud de su gracia a todos los hombres y pueblos de
América Latina y El Caribe. Hoy podemos convertirnos, santificarnos y servir a
la santidad de los demás. Hoy podemos amar porque hoy somos amados por el amor
redentor. Hoy podemos servir a la conversión de los hermanos. Cada instante es
capaz de Cristo pascual. El instante de cada persona y de cada pueblo existe
para que Cristo acceda al corazón y a la libertad de cada uno. Hoy, “el Hijo de
Dios, por su Encarnación, se ha unido en cierto modo con todos los hombres (GS
22).
No nos debemos
extrañar si no obtenemos frutos pastorales cuando no tenemos interiormente
semejanza real con el Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas. Siempre,
siempre, la verdad y la gracia son vida que nos llega de Jesús, a cuyo servicio
está siempre la Iglesia. Ella reclama de sus miembros y de sus ministros, la
identificación creciente con el Redentor. Toda la acción de la Iglesia no es
sino ser signo e instrumento del misterio del Señor, ser su transparencia eficaz
para irradiar la verdad y la vida de su
belleza.
La V Conferencia
tiene como horizonte inmediato la evangelización y santificación de nuestro
continente. Estamos jugando aquí la historia santa, la nuestra y la de los demás
hermanos de nuestra América. Estamos escribiendo la historia en este momento que
no vuelve. La historia es escrita por la libertad de Dios y la de los hombres.
Los condicionamientos del contexto físico o histórico no son causa eficiente del
acto libre. Son condiciones solamente. Soy yo su autor, somos nosotros quienes
elegimos. El hombre se hace o se deshace moralmente desde dentro. No desde
fuera. Frente a Dios tenemos que cumplir con el deber de ser en la historia
libres y santos. La libertad debe definir al hombre en el amor de Dios y del
prójimo, al estilo de Jesús en su Pascua. Libres como el viento, como la
juventud inmensa y sana. Libres como el Resucitado. Libres como el
Espíritu.
En definitiva, si el
hombre se hace padre de sí mismo por sus opciones, los pueblos también deben
definirse en su cultura por sus amores. En esta Conferencia no queremos vivir
una libertad vacía y errante, sino que queremos elegir conducidos por el
Espíritu. “Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de
Dios” (Rom 8,14). Queremos elegirnos en el amor de Jesús para donamos en
la cultura de la amistad social y la solidaridad. Esta fuerza llega a nosotros
desde la comunión del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y nos llega aquí y
ahora, en la casa de Nuestra Señora Aparecida.
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Meditación en la Jornada Espiritual de la Primera Jornada en la
V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del
Caribe
Tras el rezo de Laudes y la celebración de la Santa Misa tuvo
lugar una Jornada espiritual para los participantes en la
V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del
Caribe
. La Jornada se desarrolló en torno a la Meditación que
pronunció el Arzobispo Estanislao E. Karlic, titulada
Discípulos y misioneros de Jesucristo.
El Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo termina
así: “Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde
Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él;
sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les
dijo: “Yo he recibido todo poder en el Cielo y en la tierra.
Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos,
bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y
yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo
” (Mt 28, 16-20).
A. Jesús nos llama a la santidad
Estas palabras del Señor Resucitado valen hoy para nosotros. El
Santuario de la Virgen Aparecida se convierte en la montaña que
Jesús ha indicado para que los discípulos suyos que peregrinan
en América Latina y el Caribe se reúnan para recibir otra vez su
mandato misionero.
Este es un “tiempo oportuno”, un “kairós” que el Señor ha
determinado para una obra de su gracia para bien de todos
nuestros pueblos. Debemos tener conciencia de la cercanía
privilegiada de Dios con nosotros en estos días, y de la
magnitud de la obra para la que El nos convoca: la
Evangelización de nuestros pueblos.
Todo el universo empieza en Dios. “Al principio Dios creó el
cielo y la tierra” (Gn 1,1). Y todo empieza en su amor.
Dios nos ama primero. “En esto consiste el amor: no en que
nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó...
nosotros amemos porque él nos amó primero” - nos dice San Juan (1Jn
4,10.19). Porque nos amó, por eso nos eligió y nos congregó.
Dios y su amor por nosotros es la primera verdad de nuestra
tierra y la primera verdad de esta Asamblea. Existimos porque
Dios nos amó y nos eligió en Jesucristo.
Con agradecimiento y humildad hemos de disponernos a escuchar al
Señor que nos llama en todo y siempre. Nos llama en la creación
y en la historia; en la humanidad de Cristo, en la humanidad de
la Iglesia y en la humanidad de todos los hombres; en el
esplendor de la Liturgia y en la sencillez de los hechos
cotidianos; en su Palabra revelada y en las palabras humanas; en
el dolor y en la alegría; en la pobreza y en la riqueza. Nos
llama en todo cuanto existe y en todo cuanto acontece, porque
toda criatura es lo que es por razón de una palabra creadora de
Dios y porque todo acontecimiento de la historia le pertenece en
el único designio de su benevolencia. Es
Él mismo quien nos llama hoy, en el aquí y ahora de nuestros
pueblos. Lo hace por Jesucristo en su plenitud, su Palabra
perfecta e insuperable. Dice la Epístola a los Hebreos: “Después
de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los
profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en
este tiempo final, Dios nos habló por su Hijo, a quien
constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el
mundo”
(Hb 1, 1-2).
Dios nos revela por su Hijo el misterio de piedad, su designio
de salvación. Dios no tiene otro proyecto que el de nuestra
santidad en Cristo, la santidad de todos, de individuos y de
pueblos. Dios, que es santo, nos llama a ser santos: “Él nos ha
elegido... antes de la
fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su
presencia, en el amor... para ser sus hijos adoptivos por medio
de Jesucristo” (Ef 1, 4-5). La santidad es nuestro
destino de gracia y de gloria. Para ello Jesucristo dio su vida.
La cuestión del hombre y de los pueblos es una cuestión con
Dios. Los dos amores que dividen a los hombres en la historia
son el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios y el amor de
Dios hasta el desprecio de sí mismo. Esta elección de amor, que
se debe hacer en la opción fundamental de la existencia, ha de
ser sostenida y confirmada en el ejercicio de la libertad en la
vida cotidiana. Cada día el hombre es interpelado para que elija
a Dios que lo llama al servicio y no al dominio.
Conscientes de nuestra vocación a la libertad, queremos elegir
el amor de Dios y de los hermanos, también de los enemigos y
perseguidores, abandonando el odio y construyendo la paz. La
conversión es realmente un cambio intelectual y moral hondo,
arduo y prolongado, pero posible y debido. Siempre estamos en un
combate espiritual porque: “Todo hombre es Adán. Todo hombre es
Cristo” (San Agustín). Siempre tenemos que luchar desde nuestra
naturaleza humana herida por el pecado. En un clima de esfuerzo
y de trabajo, debemos santificamos en estos días, con la verdad
de la humildad y la certeza de la esperanza.
En el designio de Dios, Él nos ha amado de tal manera que nos
envió a su Hijo para redimirnos con su entrega en la Cruz (cf.
Jn 3,16), y hacernos capaces de su mismo amor. Recibiendo
su ayuda divina y queriendo empezar la Asamblea con un corazón
puro, como en una gran eucaristía, pidamos perdón de nuestros
pecados y de los de nuestros pueblos, porque San Pablo nos
enseña que los hombres solemos aprisionar la verdad en la
injusticia (cf. Ro 1,18). Confesemos la impiedad que abre
el camino a las idolatrías del placer, del tener, y del poder, y
también al secularismo; pidamos perdón por la avaricia y la
injusticia, que provoca la crueldad de la miseria y de la
iniquidad; por la lujuria que enceguece multitudes y desordena
otras pasiones; por el individualismo egoísta e insolidario que
deshace la familia y disuelve la sociedad; por los crímenes del
aborto, la violencia y la guerra; por la tiranía del relativismo
del conocimiento y de la moral; por los pecados de omisión,
silencios y temores injustificados; por la falta de esperanza;
en fin, por todos los pecados, que siempre contra el amor.
En una cultura donde tantos hombres se han enamorado de sí
mismos porque han creído la mentira del “serán como dioses” (Gn
3,5), debemos confesar con sabiduría diáfana y serena que nada
vale en la vida si no nos lleva a Dios. “Nos hiciste para Ti, e
inquieto está nuestro corazón, mientras no descanse en Ti”.
Estamos aquí porque queremos santificarnos y servir a la
santificación de nuestro subcontinente. ¿Tenemos derecho a tan
inmenso propósito? ¿Tenemos fuerza para tan grande combate? Por
nuestras solas fuerzas, no. Pero por gracia de Dios, sí. Dios es
amor y con su amor nos hace capaces de amarlo como Él nos ama (cf.
DCE 1). Dijo Jesús a su discípulos: “Éste es mi mandamiento: que
se amen unos a otros como yo los he amado” (Jn 15,12).
Ésta es la novedad de su don. Tenemos el deber y la fuerza para
consagrarnos a tan grande servicio. No nos es lícito elegir ser
de menor estatura. Así como el agua debe ser agua y la luz debe
ser luz, el hombre debe vivir la dignidad de su destino, de su
altísimo destino.
Para nuestra historia santa, como para toda vida de
responsabilidad, es necesaria la gracia de Dios y nuestra
colaboración. La gracia de Dios es una ayuda que necesitamos
absolutamente para caminar hacia nuestra santidad. Nadie existe
sin recibir de Dios esta ayuda. Dios ha prometido auxilio a su
criatura y Él es bueno y fiel, con la sobreabundancia de la
redención. Esto se verifica en la existencia de todos los
hombres, lo sepan o no lo sepan.
En el acto bueno Dios dignifica tanto nuestra colaboración que
hace que su gracia sea nuestro mérito. Aquellos que hayan
ejercido su libertad en la caridad, según la voluntad de Dios,
escucharán decir al Señor: “Vengan, benditos de mi Padre, a
poseer el Reino que les ha sido preparado desde toda la
eternidad. Porque tuve hambre y me dieron de comer... Lo que
hicieron con uno de estos pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt
25,35.40). El encuentro de Dios que obra la salvación en el
hombre es un misterio, que nunca se debe explicar oscureciendo
alguno de los protagonistas, sino subrayando que la mayor
presencia de Dios y de su gracia, da mayor entidad al hombre y a
su libertad, porque cuando la historia se hace más de Dios, se
hace más de los hombres. Así debemos entender la libertad de los
hijos de Dios. El combate contra el tentador fue librado primero
por el Señor, que salió victorioso. Ahora el combate es nuestro
y tiene en esta asamblea un momento privilegiado para una gran
victoria. ¿Quién nos conducirá? “¿A quién iremos, Señor, si sólo
Tú tienes palabras de vida eterna?” (Jn 6,68). Venimos a
Ti, Jesús. Queremos escuchar tus palabras. Nosotros y nuestros
pueblos queremos ser tus discípulos y tus misioneros. Queremos
recibir tu Espíritu.
B. Discípulos de Cristo
Es el Señor quien elige y llama a los discípulos, no por sus
cualidades personales, ni siquiera las morales. Es la gratuidad
de su elección la razón de nuestra presencia aquí. Ser discípulo
es un don de Dios, que consiste no sólo en aceptar una doctrina,
sino en adherir a la Persona de Jesús, e incorporarse por Él a
la obediencia filial al Padre y a la docilidad al Espíritu Santo
(cf. Heb 5,8-10), porque en la revelación, “Dios
invisible, movido por el amor, habla a los hombres como amigos,
trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía” (Dei
Verbum, 2).
La Palabra revelada por Dios, no es acogida con la fuerza de la
evidencia de la luz natural de la inteligencia sino con la
firmeza propia de la fe, de la confianza sobrenatural en Dios
bueno y veraz que nos habla como amigo, abriéndonos la intimidad
de su designio. La Fe es la verdad del misterio divino
compartida en el amor: el amor de quien revela, el Señor, y el
amor de quien le cree, el discípulo. La obediencia de la fe,
raíz de la salvación, es un acontecimiento de la nueva creación.
No es resultado de ninguna cultura humana. El Señor quiere
continuar su obra por nosotros. Necesitamos ofrecernos todos los
miembros de la Iglesia como sus signos e instrumentos. Unos para
otros, y todos nosotros para todos los hombres que comparten
nuestra historia. Que seamos uno en la fe y en el amor, para que
el mundo crea. Empecemos a dar testimonio en estos días.
El discípulo cree porque fue seducido por la Pascua de
Jesucristo, por su entrega de amor en la Cruz. El acto de fe es
este encuentro de libertades y de amores, una libertad seductora
por su amor, la de Cristo; otra seducida por ser amada, la del
discípulo. Así se origina el injerto del bautizado en la cepa
que es Cristo y su incorporación a la Iglesia.
La libertad de la fe, como toda auténtica libertad, debe ser
vivida con la dignidad de un hombre que tiene sed de Dios y lo
busca con todo el corazón. Por eso, debe ser sostenida y
defendida frente a todas las tiranías, cualquiera sea su origen
y su forma.
“Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe,
en Jesús”, nos exhorta la Epístola a Los Hebreos (12,2).
Jesucristo, luz del mundo (Jn 9,5), revela el designio de
salvación por todo lo que hace y lo que dice (cfr. Dei Verbum
2). Hemos de contemplar y escuchar al Señor que, con oportunidad
de esta Asamblea, se nos presenta y nos habla con particular
solemnidad. Él es el Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero
hombre, luz de la vida para América y el mundo. Queremos
aprender de su humanidad escondida en la anunciación a María en
Nazaret, manifestada en Belén, actuando en Galilea, en Samaría y
en Judea, lavando los pies de los apóstoles en el Cenáculo,
instituyendo la Eucaristía, muriendo en el Gólgota y resucitando
en el sepulcro. Queremos escuchar las Bienaventuranzas, el
Padrenuestro, las últimas palabras en la Cruz. Queremos saber
siempre más de su tesoro insondable. Porque Él es nuestra
identidad. En la sabiduría de la Iglesia sabemos que “el
misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo
Encarnado” (GS 22).
Hemos de vivir apasionados por la verdad, por toda verdad,
porque en toda verdad está llegando el misterio de Dios, Padre
de las luces, y el Verbo, Jesucristo, que es la Verdad. El
pecado entró en el mundo por la mentira. El diablo es el padre
de la mentira, y así, el padre de los pecados de los hombres.
Tener pasión por la verdad es propio de los hijos de la luz, y
manifestación de la sed de la vida. En cambio, la indiferencia
por ella y el relativismo del conocimiento entrañan la renuncia
a la sabiduría, que debe dirigir los pasos del el hombre, ser
inteligente y libre. El hombre está llamado a caminar en la luz
de la verdad, a buscarla siempre como su enamorado y mendigo,
aunque en el tiempo nunca la encuentre en plenitud.
Jesucristo es la Verdad (Jn 14,6). En Él, Dios Padre nos
abre al misterio de Dios Uno y Trino, y de su designio, y nos
explica quiénes somos los hombres y adónde vamos. Por Cristo
aprendemos que somos imagen de Dios, llamados a ser hijos en el
Hijo y amados por Dios por nosotros mismos (cf. GS 24).
Entendemos que la familia es el santuario del amor y de la vida.
Sabemos que la comunidad humana está destinada a la fraternidad,
se debe construir cada día y debe durar para siempre. La razón
de pertenencia de cada persona a la familia humana universal
radica en su dignidad de hijo de Dios y hermano de los hombres.
Conocemos así que el encuentro de los hombres no se debe regular
por las normas del egoísmo, para que cada uno procure su propio
provecho reclamando exclusivamente sus derechos, sino por la ley
del amor para que descubramos en el otro un don de Dios y un
destinatario de nuestro servicio, cuyos derechos debemos
defender como si fuesen propios. En la fe debemos descubrir a
Cristo en el rostro de todos, particularmente de su hermanos más
pequeños (cf. Mt 25,31-46).
Además por la fe sabemos que el universo creado es una casa
común, obra de Dios Padre, regalada a todos los hombres de todos
los tiempos, a quienes les entregó como título de propiedad
inajenable y como título de responsabilidad irrenunciable su
propia naturaleza de hombre, imagen de Dios, hijo suyo, hermano
de todos los hombres y junto con ellos, administrador del
cosmos. En fin, por la fe sabemos que el tiempo, por la gracia
de Jesucristo, es camino de la eternidad, a la que vamos
acercándonos en cada instante y vamos llegando en cada muerte.
¡Cuánta sabiduría nos regala Dios en su Hijo, Camino, Verdad y
Vida! Esta sabiduría es plena cuando se vive la fe, que reclama
para su perfección la esperanza y la caridad. Aceptemos
agradecidos el don de ser discípulos y vivamos “haciendo la
verdad en el amor” (Ef 4,14).
El misterio de Jesús no estrecha el horizonte sino que ilumina
el destino de todos los hombres en el Plan de Dios. Esto es
sostener con claridad la última razón de la dignidad y la
igualdad de todos los hombres. La verdadera estatura de todo
hombre no es simplemente la del viejo Adán, sino la del nuevo
Adán, la de Jesucristo, el Hombre Nuevo.
A Él debemos seguir. Él es el Camino, en su estilo, el de la
Cruz: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí
mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera
salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por
el Evangelio, la salvará” (Mc 8, 34-35).
El discipulado lleva a estar siempre dispuesto a entregar la
vida por el Señor, como los mártires. Siempre la Iglesia ha
tenido mártires y hoy también los tiene. La Iglesia sufre
persecuciones que requieren despojos y humillaciones que
constituyen un verdadero martirio: la burla y la banalización,
la indiferencia y el silencio, la calumnia y el abuso de poder.
Sólo en la verdad de este espíritu martirial, vivido con
sencillez y acción de gracias, sostenidos por la oración y los
sacramentos, podemos sentirnos discípulos plenos de Cristo y
experimentar que nos incorporamos en su obra salvadora. El
cristiano es esencialmente pascual. Así viven los santos. Esto
nos pide el Señor cuando nos llama para ser sus discípulos.
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus
amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando” (Jn
15,13-14).
Para vivir la vida nueva de la gracia y empezar el Reino de la
Vida que prepara los cielos nuevos y la tierra nueva, el Señor
nos ha dado como alimento del camino la Eucaristía, sacramento
de su amor, de su sacrificio, de su muerte y su resurrección. Es
el Señor hecho pan y hecho vino el que nos da la fuerza para
vivir como Él, para que participemos de su “amor hasta el fin”,
para incorporarnos al dinamismo de su amor oblativo, nos
enseñaba Benedicto XVI (Cf. Sacramentum caritatis 11). Un
gran pastor de nuestra América, poco antes de morir, me decía:
“No nacemos para morir. Nacemos para entregarnos a Dios”. El que
así vive -así vivió él- tiene en la muerte el último acto de su
vida, el último acto de su amor.
La oración, que acompañó a Jesús sobre todo en sus momentos
culminantes, debería distinguir a los miembros de la Conferencia
para que la cercanía del Señor sea profundamente
experimentada y éstos sean días de tierna intimidad con Él. Los
cristianos eran reconocidos en el mundo pagano como comunidad
orante. La Conferencia de Aparecida debería ser señalada por lo
mismo. En la oración encontrará sabiduría y discernimiento,
espíritu de diálogo serio y fraterno, capacidad de comunicación
entre todos, porque Dios se aproxima a todos para reunimos y no
está tejos de nadie sino sólo de aquel que lo rechaza.
C. Misioneros de Cristo
A quienes les había revelado la voluntad del Padre, les
transmite la potestad y les impone el deber de anunciar el
Evangelio. “Yo he recibido todo poder... hagan discípulos...
bautizándolos... y enseñándoles...” El amor de Cristo al Padre y
a todos los hombres debe pasar al corazón de los discípulos para
comunicar ese amor, que es la misión del Señor.
Quien ha conocido al Señor, y su designio de misericordia,
experimenta el deber maravilloso de compartir los dones de la
creación y de la gracia, y la esperanza de la gloria. El
discípulo de Cristo ha comprendido que existir es coexistir, o
mejor, es proexistir, es decir, existir para el servicio, para
dar, darse, comunicarse. La vida de la persona humana es
esencialmente relacional, sólo es auténtica cuando se comunica y
vive en comunión. La Comunión de Dios trinitario se refleja en
nosotros cuando, por la comunicación con Él y de unos con otros,
nos hacemos
Cuerpo de Cristo, Pueblo de Dios, Templo del Espíritu.
La misión del discípulo procede del misterio de comunión divino.
El discípulo de Cristo es, como Cristo mismo, servidor de la
comunión. Vivir la vida nueva es, para el discípulo, vivir la
comunión con Cristo por la fuerza del Espíritu que lo conduce a
anunciar la redención. Es ofrecerse el discípulo como víctima
junto a Jesús para la conversión y la salvación de los hombres,
para su participación en el Misterio trinitario.
Queremos hacer el don de Dios a todos los hombres de nuestra
tierra. Porque, como dijo nuestro Sumo Pontífice, “quien no da a
Dios, da demasiado poco”. Y si queremos dar a Dios, infinito en
su ser y su verdad, en su bondad y su belleza, ¿cómo no hemos de
querer darnos a nosotros mismos? Y dándonos a nosotros mismos,
¿cómo no hemos de querer compartir los otros bienes?
Si no compartimos los bienes creados, materiales y espirituales,
trabajándolos juntos y participando de ellos en solidaridad, no
estamos amando a Dios. “El que no practica la justicia no es de
Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano”, dice San Juan (1
Jn 3,10). Pero también es cierto que si no damos a Dios,
aunque demos otros bienes, no estamos pagando la deuda de amor
entre nosotros: nuestra deuda es Dios. No nos debemos
solos
sólo la fraternidad, sólo la justicia social.
Nuestra primera deuda es Dios.
Todo es deuda real y todo es deuda con Dios. Somos obreros
contratados para esta obra maravillosa. Dios es quien nos ha
llamado. No tengamos miedo. Tengamos confianza en el Señor que
ya ha vencido. Si nos dejamos ganar por Él, si nos dejamos
inundar por su Espíritu, podremos decir ante nuestros deberes,
aun los más difíciles, lo que dijo Jesús en la Ultima Cena: “He
deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi
pasión” (Lc 22,15). Y al cumplirlos, podremos recordar
siempre a San Pablo que nos alienta:
“Como dice la Escritura: ‘Por tu causa somos entregados
continuamente a la muerte y se nos considera como a ovejas
destinadas al matadero’. Pero en todo esto obtenemos una
espléndida victoria, gracias a Aquel que nos amó” (Rom 8,
36-37).
Creamos: la redención actúa hoy. La Pascua de Cristo está en la
eternidad dominando los siglos, brindándose con la plenitud de
su gracia a todos los hombres y pueblos de América Latina y El
Caribe. Hoy podemos convertirnos, santificarnos y servir a la
santidad de los demás. Hoy podemos amar porque hoy somos amados
por el amor redentor. Hoy podemos servir a la conversión de los
hermanos. Cada instante es capaz de Cristo pascual. El instante
de cada persona y de cada pueblo existe para que Cristo acceda
al corazón y a la libertad de cada uno. Hoy, “el Hijo de Dios,
por su Encarnación, se ha unido en cierto modo con todos los
hombres (GS 22).
No nos debemos extrañar si no obtenemos frutos pastorales cuando
no tenemos interiormente semejanza real con el Buen Pastor, que
da la vida por sus ovejas. Siempre, siempre, la verdad y la
gracia son vida que nos llega de Jesús, a cuyo servicio está
siempre la Iglesia. Ella reclama de sus miembros y de sus
ministros, la identificación creciente con el Redentor. Toda la
acción de la Iglesia no es sino ser signo e instrumento del
miste
rio del Señor, ser su transparencia eficaz para irradiar la
verdad y la vida de su belleza.
La V Conferencia tiene como horizonte inmediato la
evangelización y santificación de nuestro continente. Estamos
jugando aquí la historia santa, la nuestra y la de los demás
hermanos de nuestra América. Estamos escribiendo la historia en
este momento que no vuelve. La historia es escrita por la
libertad de Dios y la de los hombres. Los condicionamientos del
contexto físico o histórico no son causa eficiente del acto
libre. Son condiciones solamente. Soy yo su autor, somos
nosotros quienes elegimos. El hombre se hace o se deshace
moralmente desde dentro. No desde fuera. Frente a Dios tenemos
que cumplir con el deber de ser en la historia libres y santos.
La libertad debe definir al hombre en el amor de Dios y del
prójimo, al estilo de Jesús en su Pascua. Libres como el viento,
como la juventud inmensa y sana. Libres como el Resucitado.
Libres como el Espíritu.
En definitiva, si el hombre se hace padre de sí mismo por sus
opciones, los pueblos también deben definirse en su cultura por
sus amores. En esta Conferencia no queremos vivir una libertad
vacía y errante, sino que queremos elegir conducidos por el
Espíritu. “Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios
son hijos de Dios” (Rom 8,14). Queremos elegirnos en el
amor de Jesús para donamos en la cultura de la amistad social y
la solidaridad. Esta fuerza llega a nosotros desde la comunión
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y nos llega aquí y
ahora, en la casa de Nuestra Señora Aparecida.

Cuando yo era pequeño, mi mamá
solía coser mucho. Yo me sentaba cerca de ella y le
preguntaba qué estaba haciendo. Ella me respondía que estaba
bordando. Observaba el trabajo de mi mamá desde una posición
más baja que donde estaba sentada ella, así que siempre me
quejaba diciéndole que desde mi punto de vista lo que estaba
haciendo me parecía muy confuso. Ella me sonreía, miraba
hacia abajo y gentilmente me decía: "Hijo, ve afuera a jugar
un rato y cuando haya terminado mi bordado te pondré sobre
mi regazo y te dejaré verlo desde mi posición". Me
preguntaba por qué usaba algunos hilos de colores oscuros y
por qué me parecían tan desordenados desde donde yo estaba.
Unos minutos más tarde escuchaba la voz de mi mamá
diciéndome: "Hijo, ven y siéntate en mi regazo." Yo lo hacía
de inmediato y me sorprendía y emocionaba al ver la hermosa
flor o el bello atardecer en el bordado. No podía creerlo;
desde abajo se veía tan confuso. Entonces mi mamá me decía:
"Hijo mío, desde abajo se veía confuso y desordenado, pero
no te dabas cuenta de que había un plan arriba. Había un
diseño, sólo lo estaba siguiendo. Ahora míralo desde mi
posición y sabrás lo que estaba haciendo." Muchas veces a lo
largo de los años he mirado al Cielo y he dicho:"Padre, ¿qué
estás haciendo? El responde: "Estoy bordando tu vida".
Entonces yo le replico: "Pero se ve tan confuso, es un
desorden. Los hilos parecen tan oscuros, ¿porqué no son más
brillantes?".Y Dios parece decirme: "Mi niño, ocúpate de tu
trabajo... y yo haciendo el mío, un día te traeré al cielo y
te pondré sobre mi regazo y verás el plan desde mi posición.
Entonces entenderás..." En esos días que parece que ni Dios
se Acuerda de tí, en vez de angustiarte repite con certeza:
Señor, Yo confío en tí.
Te levantabas esta mañana, te
observaba y esperaba que me hablaras aunque fuera unas
cuantas palabras, preguntando mi opinión o agradeciéndome
por algo bueno que te haya sucedido ayer. Pero noté que
estabas muy ocupado buscando la ropa adecuada para ponerte e
ir al trabajo.
Seguía esperando de nuevo, mientras corrías por la casa
arreglándote, supe que habría unos cuantos minutos para que
te detuvieras y me dijeras "HOLA". Pero estabas demasiado
ocupado.
Por eso encendí el cielo para ti, lo llené de colores y
dulces cantos de pájaros para ver si así me oías, pero ni
siquiera te diste cuenta de esto.
Te observé mientras ibas rumbo al trabajo y esperé
pacientemente todo el día. Con todas tus actividades supongo
que estabas demasiado ocupado para decirme algo. De regreso
vi tu cansancio y quise rociarte un poco para que el agua se
llevara tu estrés. Pensé agradarte para que así pensaras en
mí pero, enfurecido, ofendiste mi nombre; deseaba tanto que
me hablaras, aún quedaba mucho tiempo.
Después encendiste el televisor, esperé pacientemente,
mientras veías el televisor, cenabas, pero nuevamente te
olvidaste de hablar conmigo. Te noté cansado y entendí tu
silencio, así que apagué el resplandor del cielo, pero no te
dejé a oscuras, lo cambié por un lucero; fue hermoso, pero
no estuviste interesado en verlo.
A la hora de dormir, creo que ya estabas agotado. Después de
decirle buenas noches a tu familia caíste en tu cama y casi
de inmediato te dormiste, acompañé con música tu sueño, mis
animales nocturnos se lucieron.
No hay problema, porque quizás no te das cuenta que siempre
estoy ahí para ti. Tengo más paciencia de la que te imaginas.
También quisiera enseñarte como tener paciencia para con
otros, te amo tanto que espero todos los días por una
oración, el paisaje que hago es sólo para ti.
Bueno... te estas levantando de nuevo y otra vez esperar sin
nada más que mi amor por ti, esperando que el día de hoy me
dediques un poco de tiempo.
Que tengas un buen día...
Tu Papa, Dios.
Anda plácidamente entre el ruido y la prisa, y recuerda que paz
puede haber en el silencio. Vive en buenos términos con todas
las personas, todo lo que puedas sin rendirte. Di tu verdad
tranquila y claramente; escucha a los demás, incluso al aburrido
y al ignorante; ellos también tienen su historia. Evita las
personas ruidosas y agresivas, sin fijaciones al espíritu. Si te
comparas con otros puedes volverte vanidoso y amargo, porque
siempre habrá personas más grandes y más pequeñas que tú.
Disfruta de tus logros así como de tus planes. Mantén el interés
en tu propia carrera, aunque sea humilde; es una verdadera
posición en las cambiantes fortunas del tiempo. Usa la
precaución en tus negocios; porque el mundo está lleno de
trampas. Pero no por eso te ciegues a la virtud que pueda
existir; lucha por los altos ideales; y en toda parte la vida
está llena de heroísmo. Sé tú mismo. Especialmente no finjas
afectos. Tampoco seas cínico respecto al amor; porque frente a
toda aridez y desencanto, el amor es perenne como la hierba.
Acoge mansamente el consejo de los años, renunciando
graciosamente a las cosas de la juventud. Nutre tu fuerza
espiritual para que te proteja en la desgracia repentina. Pero
no te angusties con fantasías. Muchos temores nacen de la fatiga
y la soledad. Juntos con una sana disciplina, sé amable contigo
mismo. Tú eres una criatura del universo, no menos de los
árboles y las estrellas: tú tienes derecho de estar aquí. Y te
resulte evidente o no, sin duda el universo se desenvuelve como
debe. Por lo tanto, mantente en la paz de Dios; de cualquier
modo que lo concibas y cualesquiera sean tus trabajos y
aspiraciones, mantén en la ruidosa confusión, paz con tu alma.
TEN CUIDADO, ESFUÉRZATE EN SER FELIZ.
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